sábado, 6 de agosto de 2011

Raúl Roa: genio y figura

Roa visto por Victor Manuel
Por Leyde Ernesto Rodríguez La Habana
Instituto Superior de Relaciones Internacionales "Raúl Roa García"

Cuando apenas era un muchacho retozón escuchaba con esmero  las anécdotas sobre la Revolución del 30 que narraba un veterano combatiente. Sí, aquella esperanza de la primera mitad del siglo pasado que de un bandazo “se fue a bolina”.

En la retentiva de aquel abuelo lúcido, la figura y el genio de un joven sobresaliente emergían perennes. Se trataba de Raúl Roa García. El viejo contaba sobre el hombre y sobre sus afiladas páginas.

En los años posteriores, yo buscaría con afán y leería con deleite, las compilaciones de ensayos y testimonios del canciller de la dignidad.

Con la lectura de Retorno a la Alborada, En Pie, La Revolución del 30, El fuego de la semilla…—enciclopédicos y gruesos volúmenes— disfruté a un Roa cronista de su tiempo, genuino periodista de amplia cultura y locuaz capacidad expresiva, tribuno y diplomático que puso y expuso su vida al servicio de Cuba.

Al igual que su abuelo Ramón Roa —hombre del 68—, Raúl fue, en el sentido épico y ético de nuestra cultura, un mambí de pluma y machete.

Hay oficios mayores. El periodismo representó para él una de esas grandes pasiones humanas. La profusión de sus textos y la profunda vocación revolucionaria vertida en ellos, nunca hicieron mella en la belleza de estilo, ni en la autenticidad de sus ensayos y comentarios. 
 
Aunque en ocasiones se empeñó en afirmar que no era un “escritor” y alegaba: “Mi estilo se parece a mí como yo a él”, sus condiciones de literato excepcional trascienden en el tiempo. Nos legó —sin proponérselo— una obra que podemos calificar de única. Así lo es por el amplio dominio del lenguaje culto y popular; por las expresiones que en forma de látigo utilizó para desenmascarar a los enemigos de la isla y exaltar —al mismo tiempo— lo mejor de nuestra cultura e identidad nacionales. 

En Roa, tema, estilo y contenido trasuntaban evidente criollismo, sabrosa cubanía.

LA URGENCIA DE PEGAR PALABRAS

 

La siempre recordada profesora Vicentina Antuña, en la noche de ceremonia de investidura de  Roa como profesor de Mérito de la Universidad de La Habana, sentenció con admiración: “A la trayectoria histórica de Raúl Roa, se halla indisolublemente vinculada su fecunda obra de creación literaria, que abarca los dominios de la prosa en el periodismo y el ensayo, en la biografía y en la crítica literaria, en la oratoria política y académica. Obra multifacética de un escritor revolucionario, es por su impulso vital y  por su brioso contenido, historia y testimonio apasionante de la época tremendamente  conmovida por transformaciones radicales que nos ha tocado vivir. Genuina voz del Alma Mater”.

Vicentina fue clara y amorosa —como siempre. Así concluyó sus palabras sobrecogidas de emoción. Roa, en aquel momento de nutridos e infinitos aplausos irrumpió de repente hacia el podio y corroboró, con sentida modestia, los juicios de la doctora Antuña:

“No solo constituye un honor desmedido este que me concede con legítima autenticidad, la Universidad de La Habana; ha desordenado a la par, por su espontáneo arranque y unánime acogida, el ritmo vegetativo de mi miocardio inocente”.
Y conmovido en medio del inusitado espectáculo preguntó de súbito: 

“¿Y qué decir de las palabras desbordadas de mi querida, antañona y juvenil compañera, Vicentina Antuña, mujer de lúcido entendimiento, sensibilidad acendrada, saber cimentado y convicciones indoblegables, sino que brotan de los manantiales puros de su generosidad?” 

Junto a este memorable y simpático pasaje de reconocimiento a la labor de Roa como profesor e intelectual, otro hito harto elocuente de sus dotes literarias está en el cuento breve  “Impotencia”.

Poco divulgado, con fecha 1931 y narrado en primera persona, el protagonista: un chaleco-sweater que él no quería mandar a lavar después de un mes de uso continuo en prisión dice: “Aunque hoy no es 10 de octubre, he amanecido con los ojos profusamente embanderados de lagañas. Y sobre todo con unas urgencias terribles de pegar palabras, no obstante que mi suprema aspiración literaria es escribir sin ellas”.

LA CULTURA AL PUEBLO

 

Que Roa llegó a ser una brillante personalidad de la cultura cubana y de nuestra política nacional e internacional, es cosa sabida. Pero él tenía algo especial: su obra es pura e indisoluble muestra de unidad entre el pueblo y la cultura.

Muy escasos contemporáneos de él lograron combinar al unísono el talento creador como escritor, polemista, periodista y diplomático, con la gracia, estilo popular, quijotesco que lo inmortaliza.

Defendió a capa y espada —“como en sus lecturas de mosqueteros”— aquel ideal de Julio A. Mella: “En lo que a Cuba se refiere, es necesario primero una revolución social para hacer una revolución universitaria”.

El canciller de la dignidad fustigó y pulverizó los seductores cantos pregonados por los agoreros de la seudocultura neocolonial. Aquellas voces aleladas que soñaban vivir y pensar de espalda a la tierra que los vio nacer. En una suerte de calco y copia de Norteamérica.

Vinculado activamente al movimiento revolucionario y a la Liga Antiimperialista de Cuba, que organizara Mella en la década de 1920, participó intensamente, en 1927, en la Universidad Popular “José Martí, que en esa etapa dirigió Rubén. 

Roa llega como un discípulo eminente del filósofo Enrique José Varona, y era ya un lector apasionado y profundo del Apóstol José Martí, Mella y Rubén tendrían a un inestimable compañero.

Fue un talismán de su generación. Una de las más influyentes personalidades cubanas del siglo XX. El escriba y revolucionario cuya voz y ni pluma podrán acallarse por los siglos de los siglos. “Amén”, estaría diciendo él ahora, muerto de carcajadas y en tono más que burlón, si leyera estas líneas.

REFERENCIA:
Enrique de la Osa. Visión y Pasión de Raúl Roa. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1987
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Fuente: La Jiribilla.

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