viernes, 3 de febrero de 2017

Experiencias en el camino hacia una Ciencia Política con Enfoque Sur

Por Dr.C Manuel Carbonell Vidal


Ocurrió un día bastante frío a finales de 2007 o principios de 2008, porque no recuerdo exactamente la fecha. Me encontraba por aquella época en un profundo y traumático proceso de cambio en que enfrenté dos grandes retos: el primero, pasar de una vida dedicada casi por entero al servicio de las armas hacia la civil; y el segundo, el más difícil, el de la reorientación profesional e intelectual, en que me desplazaba desde las mal llamadas ciencias duras o técnicas hacia las también incorrectamente denominadas más blandas o sociales.
  
Por estos motivos, y para superar carencias, me hice habitual participante en eventos académicos donde se abordara la temática social, lo mismo en asuntos nacionales que internacionales. Aquel día, en la conferencia a la que asistía, se abordaban asuntos políticos de nuestra Patria Grande, Latinoamérica, y me hacía compañía fortuita un venerable profesor universitario lamentablemente ya fallecido, al que conocía desde mucho antes. Hacia el final de la tarde la expectación creció de súbito entre los participantes, ya que los organizadores anunciaron la exposición de un importante funcionario de la cancillería de Bolivia, país que se adentraba en la lucha por mantener su integridad territorial ante intentos separatistas organizados desde el exterior por grupos mercenarios.

Mordidos todos por el interés aguardamos con impaciencia, hasta que por fin apareció el invitado. Y cuán grande fue mi primera sorpresa cuando vi entrar a un hombre de baja estatura, con rasgos faciales muy comunes en algunos pueblos originarios de ese país, vestido con un sencillo chaleco pocas veces visto en Cuba, pero de impecable corte, que después supe se confecciona con tejido de chompa de alpaca, y que en general nada tenía que ver con la imagen configurada en mi mente de un diplomático de carrera. Pero lo mejor sobrevino después, porque tan pronto terminó su muy pausada presentación, desde una gran sorpresa inicial pasé hacia la total perplejidad pues el visitante, lejos de disertar sobre la grave situación que con claridad se avecinaba o sobre alguna “alta política” para enfrentar desafíos inminentes, sencillamente ocupó su tiempo en explicarnos aspectos relevantes y poco conocidos de la riquísima cultura originaria en su país; de la religión que practican y los dioses que adoran; de la filosofía que profesan; de las costumbres familiares y otras cosas muy terrenales e interesantes, sí, pero bastante apartadas de lo que esperábamos la mayoría de los oyentes presentes. Conocí, por ejemplo, que en la lengua aymara – donde la evidencialidad es toda una categoría gramatical – la palabra desarrollo no posee traducción literal y que no se le entiende de igual manera en una comunidad indígena que en La Paz o en cualquier otra capital donde el español sea dominante; que en la familia se presta especialísima atención a la educación de los hijos en el severo rigor de la humildad y la modestia, con especial énfasis en el respeto tanto al prójimo como a la naturaleza; sobre la necesidad – de vital importancia para ellos – de vivir en armonía con el entorno y en paz con la tierra. Finalmente, él aseguró que aplicando de manera consecuente los valores de ese sistema de ideas y creencias ancestrales, la integridad territorial de Bolivia no se vería afectada.

Al parecer, la sensación de incredulidad que me embargaba después de escuchar aquellas palabras la mostré en la expresión del rostro, porque el profesor que me hacía compañía, hábil y profundo conocedor de las interioridades humanas, enseguida me preguntó:

–     ¿Qué te sucede, amigo mío? ¿Acaso no se hizo entender bien el boliviano?

 Y no tuve otra alternativa que responderle con sinceridad:

–     ¡La verdad es que no entendí absolutamente nada! ¿Cómo es posible que se me hable de combatir los planes de fragmentar el país con ayuda de la lengua, la filosofía originaria, los dioses adorados, las tradiciones ancestrales, la paz con la naturaleza y la tierra, etc., etc.? ¡Lo que tienen que hacer es movilizar de inmediato las fuerzas disponibles y pasar a la ofensiva antes de que lo hagan los enemigos del proceso!

Y la respuesta del viejo profesor universitario, que conocía bien mi pasado, me vino como baño de agua fría en pleno invierno siberiano:

–     Lo que te ocurre, amigo mío, me resulta bien claro con solo mirarte la cara: por un lado, como militar que fuiste casi toda tu vida quieras o no reconocerlo y así sucede en todo el mundo se te instruyó, educó y entrenó para resolver problemas extremos, en que todo hay que verlo y analizarlo en “blanco y  negro”, y la política no se desarrolla ni funciona de esa manera, aunque se reconozca la existencia del “realismo politológico”. Por el otro, sufres las consecuencias de la manera bastante escolástica y eurocentrista, variante eslava, en que se te enseñó sobre la política desde el marxismo en la antigua Unión Soviética, y no por culpa del sistema de ideas de Marx y Engels, sino por la de aquellos que lo tergiversaron y adulteraron allí después de la muerte de Lenin, cuyos sucesores seguramente nada o poco te hablaron, por ejemplo, sobre Mariátegui y Gramsci. Pero ten en cuenta que existen diferentes formas de entender la vida y hacer política en otras regiones del mundo en las que no se conoció ni a los enciclopedistas, ni la Ilustración, ni el marxismo mismo, que deben y pueden servir para enriquecerlo y actualizarlo”.

Y esta respuesta magnífica – que me sonó hasta algo ajedrecística por su alegoría a mi preferida variante o defensa eslava de la apertura gambito de dama que tan a menudo aplico cuando juego – me hizo reflexionar profundamente y fue la que me indicó la dirección hacia la Ciencia Política con Enfoque Sur, porque comencé a estudiar con seriedad la política, como muchos otros miles de mi generación, en una institución docente militar de la antigua URSS en la segunda mitad de la década del 70 del pasado siglo, en plena era brezneviana. La senda por la que todos transitamos allí hasta alcanzar los títulos era común y estaba marcada rígidamente por los niveles superiores, tanto para los militares como para los civiles, especialistas técnicos o de lo social, y comprendía: en primer año la asignatura Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética – organización que se desintegró el 6 de noviembre de 1991 – que de poco me sirvió a no ser el conocimiento que obtuve sobre los grandes esfuerzos de los comunistas rusos y de otras nacionalidades, bajo la dirección de Lenin, para hacer triunfar la Revolución Socialista de Octubre y sobre el egocentrismo y las actividades antipartidistas de Trostky; pero sobre su obra y muerte, las purgas masivas de Stalin dentro del Partido y las Fuerzas Armadas, el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y el informe secreto de Jrushchov en 1956, como es lógico, ni una palabra o solo breves referencias fuera de clase. Pero ¡cuidado!, ¡jamás olvidar el orden del día de algunos de los Congresos del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia!, so pena de recibir un suspenso.

Después en el segundo año vino la mejor – porque no soy de los que se dedican a hacer virutas del árbol caído – la Filosofía Marxista Leninista, con la que me siento realmente en deuda. Impartida por un excelente profesor de avanzada edad, me familiarizó con sus dos formidables armas que para mí no pierden vigencia y filo por su universalidad: el materialismo dialéctico – con su magistral teoría del conocimiento – y la concepción materialista de la historia. Ellas fueron las que, en definitiva, aliviaron el paso que me vi obligado a dar más tarde desde las ciencias duras hacia las suaves. Lástima solamente que casi al finalizar el curso discutí con el profesor, cuando un día expresó en plena clase que “el Che era un aventurero político”, lo que no pude soportar.

Más adelante, en tercer año, llegó el turno a la Economía Política, con un semestre dedicado al capitalismo y otro al socialismo. El primero me resultó muy fructífero por su alto valor crítico que me ayudó a comprender las leyes de los procesos de producción, circulación y acumulación del capital, entre otros temas, de la mano del estupendo “El Capital” de Marx, obra de consulta obligada en muchas universidades estadounidenses en la actualidad. En el segundo semestre se trabajó para convencerme que la empresa estatal socialista puede ser eficiente y rentable – cuestión en la que creo aún, si pudiera pagarse el salario que corresponde sin regalar nada – pero me costó bastante asimilar que a base de los puros cálculos económicos en el GOSPLAN[i] el comunismo llegaría más temprano que tarde, cuando a la vez observaba en aquella sociedad grandes carestías materiales fuera de las capitales de las quince repúblicas que conformaban la Unión.

Finalmente, durante todo el cuarto año, escuché las conferencias de Comunismo Científico, que trataba de integrar las anteriores y que culminaba con un temido examen estatal. Aquí se me dijo que la Ciencia Política era un instrumento de lucha ideológica de la burguesía occidental, mientras ya se le estudiaba con fines de asimilación y se debatía sobre ella en determinados círculos intelectuales y académicos soviéticos, como después supe. Esta asignatura me resultó algo chocante desde el preciso instante en que un joven profesor me insistió – con mucha vehemencia y poca explicación – que en el campo socialista no podían producirse huelgas, cuando al mismo tiempo era un secreto a voces que Lech Walesa dirigía en Polonia el sindicato paralelo “Solidaridad” y lanzaba a los obreros de los astilleros a protestar en las calles de Gdansk.

Y puede ser que alguien se pregunte: ¿Por qué escribes sobre tus dudas ahora y no fuiste capaz de hacerlo o expresarlo a viva voz en aquella época? A lo que respondo: primero, porque hubiese sido una soberana tontería por mi inmadurez política; segundo, porque regresé a Cuba para vivir la primera mitad de la década del 80 en que floreció la economía del país con la ayuda, por cierto, de los mismos soviéticos que me educaron. ¿Y quién de los que hoy pasamos de los cincuenta no recuerda con añoranza los años 1984, 1985 y 1986? ¡El socialismo cubano mostraba éxitos incuestionables!; y tercero: ¿quién precisamente en marzo de 1985 hubiese sido capaz de predecir, suponer o expresar a viva voz que el hombre que asumió el poder en la Unión Soviética iba a traicionar y destruir el sistema pocos años después? En este sentido, apoyo plenamente a los representantes del enfoque constructivista que desde la Ciencia Política, en el campo específico de la disciplina Relaciones Internacionales, afirman:“…..la caída de la Unión Soviética fue causada más por las convicciones de Gorbachov, que por la ineficacia y la incapacidad del sistema soviético” [ii]. Es decir, con todo y mis dudas de estudiante y con las debilidades que pude palpar en la vida real allí, pienso que aquel gran país podía ser salvado.

De esta manera, y con los procesos de desintegración del socialismo en Europa del Este a plena marcha, en Cuba nos adentramos en el período especial de tiempo de paz con inicio bastante claro en septiembre de 1990, pero que para mí no se ha cerrado todavía. Y se apagó la luz, tanto en nuestras casas como en la mente de muchos dentro y fuera del país. Se comenzó entonces a cuestionar con dureza la veracidad del marxismo; algunos lo hicieron con el propósito confeso de rematarlo, proclamando que el curso de los acontecimientos históricos otorgó el triunfo definitivo a la Ciencia Política occidental; otros ocuparon una posición intermedia que supuestamente no lo abandona, pero tampoco lo acepta, acercándose de esta manera al enfoque teórico posmoderno y a los que circulan alrededor de él, que “desconfían de todos los intentos de clasificación, de todas las categorizaciones y de todos los esfuerzos dirigidos a encontrar verdades universales, una empresa que consideran incompatible con la celebración de la alteridad, la apertura, la pluralidad, la diversidad y la diferencia en todas las dimensiones de la vida social por la que abogan” [iii],  y que se caracteriza “más por lo que rechaza que por lo que propone” [iv], rozando así con el hipercriticismo; pero existe un grupo – bastante numeroso y dentro del cual me incluyo – que no rechaza la veracidad del modelo, sino que comprendió la necesidad de abrirle nuevos espacios para su desarrollo.

Dedicado ya al estudio profesional de la política – entendida como “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados” [v]fue que comprendí que desde que comenzó a practicársele en su forma primitiva, en algún momento del neolítico en que el incremento de la especialización del trabajo, vinculado al desarrollo de agricultura, posibilitó que algunos hombres comenzaran a disponer de recursos, tiempo y espacio social suficientes para hacerse y mantener determinadas cuotas de poder sobre otros, no ha sido más que un constante proceso de perfeccionamiento y renovación en que muchos brillantes y prodigiosos cerebros buscaron con afán descubrir sus leyes generales de desarrollo. Y la lista de genios que se dedicaron a ello es larga: Platón, Aristóteles, Cicerón, Tucídides, Polibio, Plutarco, Julio Cesar, Agustín de Hipona, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Bodino, Ibn Jaldún, Hobbes, Locke, Rosseau, Montesquieu, Kant, Hegel, Tocqueville, Comte, Marx y Engels, entre otros, son considerados los genuinos precursores.

Es en la segunda mitad del siglo XIX que la política como ciencia comienza a forcejear en Europa para ser reconocida como una disciplina con determinado grado de independencia, aunque al principio muy dominada por la Filosofía y el Derecho. En fuerte competencia con otras ciencias sociales, como la utilísima Sociología, a duras penas se abrió paso y arriba al siglo XX en forma embrionaria, con peligro incluso de desaparecer por la amplia gama de temas que trataba de abarcar y la evidente falta de definición de su objeto de estudio, lo que motivó que muchos científicos sociales de la época la consideraran un conjunto de diferentes materias superpuestas.

Sin embargo, el arranque del pasado siglo bajo la influencia de los grandes avances en las ciencias y la innovación tecnológica, junto con los horrores sufridos durante la Primera Guerra Mundial, abrieron una vía reconstituyente y prometedora para la Ciencia Política: Albert Einstein, moviendo su pensamiento a la velocidad de la luz, superó a Newton, Poincaré y Lorentz para facilitar el conocimiento del micromundo y el Universo; Sigmund Freud insistió con su psicoanálisis en explorar los rincones más ocultos de la mente, donde precisamente se genera la política; Henry Ford, con su modelo T en serie, puso sobre ruedas el capitalismo, al que ya le preocupaba el triunfo de la Revolución Socialista de Octubre; Willis Haviland Carrier inventó el agradable aire acondicionado, que favoreció en parte el auge del sur de Estados Unidos y alivió los calores de los colonialistas europeos que dominaban casi toda África y parte de Asia; pero también muchos se preguntaron qué hacer para evitar que no volviera a ser exterminada la mayor parte de la población masculina joven de Europa, dándose así determinada preeminencia a los asuntos políticos, que exigían cada vez más explicaciones racionales y científicas.

Por consiguiente, en el período entreguerras el idealismo liberal – que de manera bastante frustrante trató de reverdecer los valores proclamados por la Revolución Francesa – dominó el escenario político tanto a nivel nacional como internacional, excepto en el país de los Soviets y en otros de la periferia más lejana. En Estados Unidos, donde ya en 1880 se había creado la primera escuela de Ciencia Política en la Universidad de Columbia y en 1903 se funda la Asociación Americana de Ciencia Política, es donde existen las condiciones necesarias para el desarrollo posterior; sin embargo, la clase más beligerante y revanchista alemana, largamente apaciguada y que nunca aceptó las condiciones que se le impusieron ante los espejos de Versalles, se encargó de poner freno a todo y provoca, bajo la bandera del nazismo, la Segunda Guerra Mundial, en la que se tenía como objetivo político final destruir la Unión Soviética. Así, un amplio grupo de estudiosos de la política emigra hacia Estados Unidos y propicia el auge de la disciplina en ese país.

Luego de concluida esta terrible conflagración es que la Ciencia Política se asienta y recibe reconocimiento definitivo. Entre otros múltiples factores bien conocidos y largamente explicados en la literatura especializada, considero que la aparición y desarrollo del arma nuclear, primero, y la termonuclear, después, precipitó este acontecimiento largamente esperado por sus cultivadores. Cuando el 16 de julio de 1945 Estados Unidos realiza el primer ensayo de una bomba atómica en Alamagordo, estado de Nuevo México, la mayor parte de las guerras y conflictos nacionales e internacionales – y subrayo, no todos – se produjeron por causas de índole económica; pero a partir del momento en que el hombre tuvo en sus manos un arma tan poderosa que ya no tendría sentido usarla en la búsqueda de privilegios económicos, porque después de su empleo no quedará absolutamente nada, se reforzó la importancia de la política comprendiéndose, quizás por instinto de autoconservación, que había que apartar un lugar para descubrir, entender y sistematizar los enfoques, teorías con sus leyes y modelos que la explican o gobiernan, que no es otra cosa que hacer “ciencia”.

Apoya este razonamiento la línea del texto sagrado hindú Bhágavad-guitá que se le fijó en la mente al físico estadounidense Robert Openheimer, director del Proyecto Manhattan donde se diseñó la bomba atómica, luego de observar desde un bunker el primer fogonazo nuclear: “Ahora me he convertido en la Muerte, destructora de mundos” [vi]. Esta expresión tan patética – con la cual se puede vestir con holgura la política – demuestra, a mi modo de ver, la extraordinaria clarividencia y poder predictivo de Marx y Engels, especialmente el último, cuando 53 años antes de aquel ensayo escribió en su famosa carta a W. Borgius, aclarando magistralmente la relación entre la economía y el resto de los elementos que integran la arquitectura de la sociedad: 

“El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., descansa en el desarrollo económico. Pero todos repercuten también los unos a los otros y sobre su base económica. No es que la económica sea la causa, lo único activo, y todo lo demás efectos puramente pasivos. Hay un juego de acciones y reacciones, sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre, en última instancia” [vii]

A pesar de que los fundadores del marxismo no pudieron imaginar que ese juego de acciones y reacciones podía ser terminado por un instrumento capaz de destruir totalmente a la especie humana, dejaron muy claro el lugar que le corresponde a la política en las primeras instancias, por lo que propiciaron el establecimiento de la Ciencia Política, tal y como se le conoce hoy, y sus relaciones metodológicas con otras ciencias sociales, sin rechazar el carácter multidisciplinario. A quien niegue la importancia de la política en la actualidad, habrá que recordarle que los maletines con los códigos de lanzamiento de los misiles intercontinentales jamás se encuentran a una distancia superior a diez metros de los presidentes de los Estados poseedores del arma nuclear.

Reconocida así la necesidad del estudio científico de la política, el mundo se avocó entonces, después de la guerra, a la práctica del realismo político, que en sustitución del idealismo liberal dominó todo el período de la Guerra Fría y tuvo una gran influencia en el desarrollo de la Ciencia respectiva y en la definición de su objeto de estudio.

Previniendo que cuando se dice o expresa que se es realista[viii] planificando o ejerciendo la política, o en la vida misma, no significa ser practicante del realismo político, que no es más que un intento de alcanzar un modelo teórico conceptual, pero que tuvo amplia aplicación, vale la pena citar y comentar brevemente el primero, segundo y cuarto de los conocidos Seis Principios del Realismo Político Clásico, establecidos en la obra “Política entre las Naciones. La lucha por el Poder y la Paz”, de Hans Joachim Morgenthau, que se convirtió en manual de consulta obligada en Estados Unidos y otros países para el diseño tanto de la política exterior como interna luego de su primera publicación en 1948, es decir, en los años en que en ese país la Ciencia Política sentaba sus bases:

  1. “El realismo político supone que la política, al igual que toda la sociedad, obedece a leyes objetivas que arraigan en la naturaleza humana. A los efectos de cualquier mejoramiento de la sociedad es necesario entender previamente las leyes que gobiernan la vida de esa sociedad. El funcionamiento de esas leyes es completamente ajeno al curso de nuestras preferencias; desafiarlas significa el riesgo de exponerse al fracaso.” [ix]
El primer principio parece haber sido escrito por el mismísimo Maquiavelo, quien fue su precursor original. A mi modo de ver, no admite discusión porque define de manera muy clara y concisa uno de los fines de la Ciencia Política en general y de la Sociología Política en particular – determinar las leyes que gobiernan la sociedad.

  1. “El elemento principal que permite al realismo encontrar su rumbo en el panorama de la política internacional es el concepto de interés definido en términos de poder. Este concepto proporciona el enlace entre la razón – en trance de comprender la política internacional – y los hechos que reclaman comprensión. Fija la política como una esfera autónoma de acción y comprensión distinta de otras esferas tales como la económica – entendida en términos de interés definido como beneficio –, la ética, la estética o la religiosa. Sin tal concepto, cualquier teoría política, internacional o interna sería imposible….”.[x]
En este segundo principio se refuerza la autonomía de la política sobre la base del concepto de interés definido en términos de poder. Morgenthau define el poder en la propia obra como “el control del hombre sobre las mentes y las acciones de otros hombres” [xi] y no existe duda que existe y se le ejerce no solo a nivel de la sociedad, sino también hasta en la propia familia. En la Santa Biblia, por ejemplo, la palabra poder y sus derivadas son muy comunes y se emplean en más de ochocientas ocasiones. Sin embargo, el defecto principal de los realistas, que la propia Ciencia Política se encargó posteriormente de esclarecer, es que aprecian en extremo el papel del poder en el desarrollo de la sociedad, desconociendo la influencia de otros factores culturales, étnicos, psicológicos, filosóficos, medioambientales, etc., que impactan de manera decisiva la comprensión de la política y la manera en que ella se practica.

  1.  “El realismo conoce el significado moral de la acción política. También tiene conciencia de la inevitable tensión entre los preceptos morales y los requerimientos de una exitosa acción política…….El realismo sostiene que los principios morales universales no pueden aplicarse a los actos de los Estados en una formulación abstracta y universal, sino que deben ser filtrados a través de las circunstancias de tiempo y lugar. El individuo puede sostener, como individuo: Fiat iusticia, pereat mundus (hágase justicia aunque el mundo perezca). El Estado en cambio, no tiene derecho a decir lo mismo en nombre de los que tiene a su cargo……. El realismo, pues, considera la prudencia – la consecuencia de más peso entre las acciones políticas alternativas – como la suprema virtud de la política” [xii].
En este cuarto principio se fija posición sobre la eterna rivalidad entre los límites que impone la moral y lo que es necesario hacer desde el punto de vista político para que la sociedad subsista y se desarrolle, tema que estudia, entre otros, la Filosofía Política. Aunque es cierto que los valores morales universales deben aplicarse adaptados a las circunstancias de tiempo y lugar, la práctica del realismo político a nivel de Estado demostró que la moralidad se violó en múltiples ocasiones. La discriminación racial, el macartismo, la ejecución de los esposos Rosemberg y la guerra en Viet Nam son ejemplos contundentes en el caso de Estados Unidos. Los soviéticos – que practicaron el realismo político sin conocerlo al detalle en modelo que se denominó socialismo real – no se ajustaron a los preceptos morales cuando firmaron el Pacto Molotov – Ribbentrop con Alemania y tampoco cuando nacionalidades enteras fueron desterradas hacia apartadas regiones del país, luego de la guerra, por el hecho de que algunos de sus miembros colaboraron con las hordas fascistas. Es por razones de este tipo que el realismo político resultó muy negativo antropológicamente. En cuanto a la prudencia, quien no la practique en política o no sea capaz de distinguir la fina frontera que existe entre ella y la cobardía, es mejor que se dedique a otro oficio.

Bajo la influencia realista en el ejercicio directo de la política en lo interno y lo externo, y asimilando los impactos de la Revolución conductista o behaviorista en la Ciencia Social occidental – la que introduce los métodos cuantitativos y matemáticos propios de las ciencias naturales en la constante búsqueda de la evidencia empírica de la conducta humana – es que a mediados de los años 50 del pasado siglo la Ciencia Política o Politología queda definida como “aquella cuyo objetivo es el estudio sistemático del gobierno en su sentido más amplio. Sus análisis abarcan el origen y tipología de los sistemas políticos, sus estructuras, funciones e instituciones; las formas en que los gobiernos identifican y resuelven los problemas socioeconómicos, y las interacciones entre grupos e individuos decisivos en el establecimiento, mantenimiento y cambio de gobierno” [xiii].

Para Norberto Bobbio “la expresión Ciencia Política puede ser usada en un sentido amplio y no técnico para denotar cualquier estudio de los fenómenos y de las estructuras políticas, conducido con sistematicidad y con rigor, apoyado en un amplio y agudo examen de los hechos, expuestos con argumentos racionales. …..ocuparse científicamente de la política significa…..no lanzar juicios sobre la base de datos no atinados, remitirse a la prueba de los hechos” [xiv]

Rodrigo Losada y Andrés Casas establecen que “la Ciencia Política pretende describir, interpretar, explicar – en el sentido de establecer relaciones causa - efecto – y predecir en lo posible, los repartos terminantes de valores que tienen lugar en todas las sociedades humanas, desde la más remota hasta el presente” [xv] 
 
Por su parte, el italiano Gianfranco Pasquino la define “como aquella rama de las Ciencias Sociales capaz de formular y sistematizar conocimientos específicos en materia de fenómenos políticos, de instituciones y de movimientos, de procesos y de comportamientos políticos” [xvi].

Existe consenso en la comunidad politológica internacional que las principales áreas de investigación y análisis de la Ciencia Política son: el poder político y su ejercicio; la autoridad y su legitimidad; el Estado; las políticas públicas; la Gestión Pública; las instituciones políticas; los sistemas políticos y los regímenes políticos; los partidos políticos y los sistemas electorales; el ordenamiento de la acción colectiva; el comportamiento político; la opinión pública y la comunicación política y las Relaciones Internacionales.

Por otro lado, varias ciencias y disciplinas, tanto en el campo de la docencia como de la investigación, están indisolublemente ligadas a ella como lo son: la Filosofía Política; la Sociología Política; la Historia Política; la Administración Pública; la Economía Política y la Política Económica; la Estadística Social; la Psicología Política y Psicología Social; el Derecho Político, el Derecho Administrativo, el Derecho Constitucional y el Derecho Internacional Público; la Teología; el Periodismo Político; la Antropología Política; la Geografía Política y la Geopolítica; la Axiología Política; la Estética y Política; la Ecología Política y la Teoría Sociopolítica. 

Esta larga lista de ciencias y disciplinas bien reconocidas y muy estrechamente vinculadas entre sí provoca que en la actualidad sean interminables las discusiones entre los especialistas sobre la propia denominación, es decir, Ciencia Política o Ciencias Políticas. Aunque ambas las acepto, personalmente considero que la primera es la más adecuada dado el grado de especialización alcanzado. La transdisciplinariedad no es un fenómeno exclusivo de la Ciencia Política y como procedo de las ciencias duras, puedo afirmar que en ellas estas discusiones suelen ser menos acaloradas y se arriba a acuerdos de manera más rápida. 

Con el desarrollo de la Ciencia Política se identifican características regionales e incluso nacionales que marcan pautas en los estudios a nivel internacional. Por un lado se encuentra la tradición estadounidense, la de mayor envergadura a nivel mundial, “netamente empírica, orientada a la solución de los problemas políticos más urgentes (en especial en el sector de las relaciones políticas internacionales), poco inclinada a la teorización, ligada al modelo de democracia de su país, definible como lockeano (y hasta demasiado tradicional en una sociedad posindustrial, y por tanto sometido a no pocas tensiones)” [xvii]. Por el otro están los europeos, que tienden más hacia la teorización intensa, en los que resaltan los británicos, franceses, alemanes y españoles, estos últimos muy influenciados por la Sociología en los estudios internacionales. Entre la escuadra europea y la estadounidense se produce un fenómeno conocido como hiperfluctualismo, que no es más que la tendencia de la primera al desarrollo de estudios empíricos, cuando al mismo tiempo nuestro vecino del norte, saturado como está del empirismo, busca entrar en el campo de la teorización avanzada. En África y Asia se realizan estudios vinculados a la Ciencia Política, pero se desarrollan a menor nivel y en muchas ocasiones replican los planteamientos de las grandes tradiciones reconocidas.

En América Latina y el Caribe “no es fácil señalar un momento fundacional de la Ciencia Política” [xviii] tal como señala Fernando Barrios. Sin embargo, el pensamiento científico sobre la política en nuestra región posee muy sólidos antecedentes y precursores en las figuras de los próceres de la independencia y de muchos hombres notables que derrocharon en todo momento lucidez y originalidad. Reléase, por ejemplo, el famoso “Discurso de Angostura” del Libertador Simón Bolívar, de 1819, en el que expresó:

“.,…Que no se pierdan, pues, las lecciones de la experiencia; y que las secuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América nos instruyan en la difícil ciencia de crear y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas, y sobre todo útiles. No olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teórica, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para quien se instituye….” [xix]

Y qué decir entonces de las ideas políticas del Benemérito de las Américas, Benito Juárez, – del cual tampoco me hablaron mis profesores soviéticos de marxismo – que en total adelanto, el 11 de enero de 1861, catorce años antes que Marx diera a conocer su obra “Crítica al Programa de Gotha”, escribió: “A cada cual, según su capacidad y a cada capacidad según sus obras y su educación. Así no habrá clases privilegiadas ni preferencias injustas (...)” [xx]

En América del Sur la Ciencia Política inicia su desarrollo bajo las fuertes influencias del Derecho y la Filosofía a finales del siglo XIX y principios XX con un carácter eminentemente empírico, pero en la búsqueda de un lenguaje propio. Por esta vía y más adelante, “en el contexto de los procesos de democratización en los años ochenta se observa la intensificación del crecimiento de la disciplina, empujado por el interés de comprensión de las democratizaciones y los cambios del contexto internacional.” [xxi].

Por consiguiente, es en Argentina, México, Brasil, Colombia, Venezuela y Chile, con sus reconocidas comunidades académicas universitarias, donde avanza el pensamiento científico sobre la política, pero con diferencias bien marcadas en cuanto a la escuela de pensamiento preferida, las limitaciones de carácter material y los impactos negativos de las dictaduras militares que se establecieron en varios países durante las décadas del 60 y 70. 

Un hito notable en el camino de la Ciencia Política específicamente en América del Sur fue el desarrollo del dependentismo.  Según el mismo Barrios,  “para muchos politólogos en América Latina este enfoque (sic) superaba a los jurídicos y normativos de la Ciencia Política. Dicha teoría tendría su auge sobre todo en los años sesenta y en la cual convivirían varias corrientes (cepalistas, estructuralistas, neomarxistas, marxistas ortodoxos, etc.) pero compartiendo los aspectos centrales de la misma” [xxii]. Por otro lado, el impacto de la Revolución Cubana propició el estudio del marxismo en la región. En la región centroamericana es débil el desarrollo de la disciplina, excepto en Panamá y Costa Rica. En el Caribe ocurre algo parecido y es palpable la influencia lógica de la escuela de pensamiento británica.

Sin duda alguna, en Cuba es el Apóstol la raíz histórica y fundamento del pensamiento político científico, con su inconmensurable obra teórica y práctica por la independencia nacional. Me sobrecoge de sobremanera una frase suya directamente vinculada a la política, que debe ser tenida en cuenta por los que intentamos desarrollar un Enfoque desde el Sur:

"... En política, es crimen derribar lo que no se puede reconstruir. Cuesta mucho trabajo alzar un mundo de las ruinas, aún en pie, de la fábrica altiva de Carlomagno, Luis XI y Luis XIV. Se ha de hacer despacio lo que ha de durar mucho." [xxiii]

Y tal como subraya Carlos Altzugaray, en artículo que es clásico sobre la Historia de la Ciencia Política en Cuba y en el que resalta la profundidad y vigencia actual del ideario político martiano: “…..antes y después de Martí, pero aún en el siglo XIX, se destacaron por estos rasgos autores tan disímiles como Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Francisco Frías y Jacott, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez, Antonio Maceo y Grajales, Enrique José Varona (cuyo ensayo “El imperialismo a la luz de la sociología tuvo gran influencia incluso en el siglo XX”) y Enrique Roig San Martín.” [xxiv]

En el período neocolonial, Mella, Baliño, Villena, Jorge Mañach, Pablo de la Torriente Brau, Marcelo Pogolotti, Roa, Elías Entralgo, Carlos Rafael Rodríguez, entre muchos otros, se destacaron por la altura de sus ideas y las magníficas obras que nos legaron, que constituyen genuinas joyas del tesoro político nacional. Sin embargo, en aquella época “no se creó una Escuela de Ciencias Políticas ni en la ya tricentenaria Universidad de la Habana, ni en las creadas en esta etapa (Universidad de Oriente en Santiago de Cuba, Universidad Central en Santa Clara y la privada Universidad de Santo Tomás de Villanueva)” [xxv]

Luego del triunfo revolucionario, el Comandante en Jefe Fidel Castro junto a Ernesto Che Guevara son los que realizan los aportes más significativos al desarrollo de la Ciencia Política y resaltan la necesidad perentoria de su conocimiento y dominio. Tómese del primero como muestra lo que expresó al presentar, en 1975, el Informe Central al I Congreso del Partido:
“…..el revolucionario tiene también el deber de ser realista, adecuar su acción a leyes históricas y sociales, y a beber en el manantial inagotable de la Ciencia Política y la experiencia universal los conocimientos que son indispensables en la conducción de los procesos revolucionarios……” [xxvi]

Es en 1961, durante el proceso de la Reforma Universitaria, que se funda la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de La Habana, bajo las batutas de dos eminentes profesores: el Dr. Raúl Roa García, nuestro Canciller de la Dignidad, y el Dr. Pelegrín Torras de la Luz, por cierto, también ajedrecista de primera línea. Es en esta institución docente donde se forma – bajo una fuerte influencia del pensamiento marxista más avanzado y abierto de aquellos tiempos – el núcleo más importante de especialistas que se encarga de desarrollar y consolidar la academia política y la diplomacia nacionales. Sin embargo, en la década del 1970 – 1980 “desapareció la Escuela de Ciencias Políticas y parte de sus funciones fueron asumidas por la Escuela Superior del Partido Comunista de Cuba Ñico López. El objetivo central de esta institución fue y es aún hoy la formación de cuadros para el Partido y expedía y expide un título de Licenciado en Ciencias Sociales. Los politólogos que en ella trabajan, dirigidos por su Rector, Raúl Valdés Vivó (ya fallecido, nota del autor), se caracterizan por su apego a los clásicos del marxismo (Marx, Engels y Lenin), pero no por ello son refractarios al debate más amplio sobre la renovación de la ciencia política” [xxvii].

Como se conoce, en la primera mitad de aquella década se desarrollaron determinadas prácticas maximalistas que impactaron la cultura y la ciencia social en el país.  Por ejemplo, se deprimió la formación de juristas e incluso se cerró la carrera de Contador Público, con efecto negativo en ambas especialidades, por lo que fue necesario corregir esos errores con urgencia. Como nuestra disciplina se encuentra en franco proceso de renovación y dado el hecho de que desde hace varios años se otorga el grado científico de Doctor en Ciencias Políticas, soy de lo que están convencidos que en un futuro no muy lejano se reabrirá la carrera, ya sea en la gloriosa Colina Universitaria o en la propia Escuela Superior del Partido en Jaimanitas, que tantos cuadros de nivel ha preparado para la organización.

Entonces llegó el momento en el camino en que me pregunté: ¿qué ha hecho hasta el momento la Ciencia Política en general? Y la respuesta fue simple: lo que ha podido, pero todavía muy lejos de las metas finales, dada la enorme complejidad de los problemas que tiene ante sí misma. En el plano teórico se avanza en la construcción de diferentes enfoques, que pugnan entre sí con el objetivo descubrir las leyes generales o al menos esquemas organizados sobre las esencias y el carácter de los fenómenos políticos. En la obra de Rodrigo Losada y Andrés Casas “Enfoques para el Análisis Político” ya citada – de lo mejor que se ha escrito en lengua hispana sobre el tema, aunque no comparto algunos de sus planteamientos – se deja claro que:

“…..todo intento de describir y explicar la realidad política se hace, quiérase o no, a partir de un determinado “enfoque teórico”. Pero, por su propia naturaleza, todo “enfoque” actúa como un poderoso reflector, que hace ver ciertos aspectos de la realidad, mientras deja otros en la penumbra, o aún en total oscuridad.” [xxviii]

Asimismo define que:

“…..por “enfoque” se entiende una perspectiva para analizar algo, en este caso, fenómenos políticos. Más en concreto, el término “enfoque” señala una problemática que intriga al estudioso; unos conceptos que se privilegian; un conjunto de presuposiciones generalmente implícitas, a partir de las cuales se inicia la argumentación, y unas reglas de inferencia para llegar a conclusiones aceptables dentro del enfoque. Así, pues, siempre que se analiza un fenómeno político se mira a partir de unas preguntas y no de otras, con determinados conceptos y no con cualesquiera, asumiendo como punto de partida del análisis unas presuposiciones selectas en lugar de otras y aceptando ciertas reglas para llegar a conclusiones valederas. Los “enfoques” no se identifican en función del contenido sustantivo de sus proposiciones. Es decir, un “enfoque” no afirma, ni niega, relación alguna de causa-efecto sobre la realidad política” [xxix].

Precisando la relación de los enfoques con las teorías y modelos, los autores señalan: 

“Teorías y modelos coinciden en proponer algo sustantivo sobre cómo se cree que es el mundo representado por nuestras imágenes y creencias. En contraposición, los “enfoques” no se definen en función de proposición alguna sustantiva sobre el llamado mundo exterior o mundo real. Son solo una posición de entrada para investigar ese mundo y llegar a teorías y modelos……….dentro de un mismo enfoque surgen las diversas teorías. O sea, enfoque es un concepto más genérico y amplio que teoría y, por ende, que modelo.” [xxx]

En la Ciencia Política contemporánea no existe enfoque, teoría o modelo de carácter universal que explique la totalidad de la acción política. Solamente el marxista, que derivó en la teoría marxista leninista con su modelo respectivo, logró hacerlo en un período histórico determinado, pero necesita actualización. La relación de enfoques presentada por los autores referidos, a manera de excelente mapa, es amplia e incluye: 

Enfoques Tradicionales: Filosófico, Histórico – Sociológico, Jurídico – Institucional.
Enfoques Contemporáneos: Marxista, Estructuralista, Funcionalista, Estructural – Funcionalista, Microsociología Política, Constructivista, Críticos Contemporáneos, Sistémico, Feministas, Psicosocial, Elección Racional, Teoría de Juegos, Neoinstitucional, Procesos Decisorios, Biopolítico, Posmodernos, Ideacional, y Culturalista.” [xxxi] 
 
Tomemos ahora uno de ellos, el psicosocial, y analicémoslo brevemente, resaltando las preguntas que se promueven, así como sus ventajas y desventajas, para conocer el estado actual de la Ciencia Política occidental y comprender la necesidad de desarrollo del Enfoque Sur.

En el enfoque psicosocial, que toma fuerza en Estados Unidos en la década del 50 del pasado siglo y que actualmente es muy utilizado en el análisis político, “prima el individualismo metodológico en la medida en que busca explicar el mundo político ante todo a partir del mundo interior de las personas. Bajo su óptica se han estudiado el comportamiento electoral de los ciudadanos, los fenómenos de conflictos y de la cooperación interpersonal, el liderazgo político, la formación y cambio de la opinión pública, la incidencia de los medios masivos de comunicación sobre aquella, diversos roles políticos, el proceso de socialización política de las nuevas generaciones y de los inmigrantes, la cultura política de numerosas sociedades, la naturaleza psicosocial de las ideologías, los mecanismos de la acción colectiva, el compromiso político, el capital social y variados temas adicionales.” [xxxii]

Las principales preguntas que se formulan en este enfoque son: ¿cómo percibía la persona su entorno inmediato cuando decidió actuar como lo hizo?; ¿qué creencias tenía?; ¿qué Ie motivó a proceder de esa forma?; ¿qué actitudes explican la conducta política de un determinado sector de la sociedad?; ¿cuáles sentimientos explotó un líder político para obtener una determinada reacción popular? [xxxiii]

Estas son preguntas que se hacen a diario en la práctica política, con respuestas poliédricas de elevada complejidad. Entre ventajas de este enfoque se reconocen:

     “El enfoque psicosocial permite penetrar en el santuario interior del actor político, con un rigor y una metodología previamente validada, como quizás ningún otro enfoque puede lograrlo.

      En virtud del individualismo metodológico, el enfoque ofrece la posibilidad de aplicar a fondo el método científico.” [xxxiv]  

Entre las desventajas, que son muy significativas, se resaltan:

   “En la medida en que concentra su atención en los individuos, este enfoque tiende a subvalorar el papel de las instituciones y el peso de la historia y a omitir el análisis de los procesos de conflicto y colaboración entre grupos, partidos, naciones, y otros actores políticos.

     En el caso de algunos estudios específicos, este enfoque ha tendido a dejar en segundo plano lo político, en otras palabras, a mirar con mayor énfasis la psicología de los actores que su intricado, y con frecuencia sorprendente, juego político.” [xxxv]

El estudio detallado de cada uno de los enfoques teóricos me permitió entender lo que es criterio casi unánime en la comunidad politológica internacional: que la Ciencia Política occidental se encuentra en un callejón sin salida del que le será muy difícil salir sino se abren nuevas vías para la generación de conocimientos. Citemos como ejemplo lo escrito por el italiano Giovani Sartori, uno de los que más activamente participó en el establecimiento de la disciplina en los años 50 del siglo pasado, sobre la situación específica en Estados Unidos: “la Ciencia Política estadounidense no va hacia ningún lado. Es un gigante que sigue creciendo y tiene pies de barro. Acudir, para creer, a las reuniones anuales de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política (APSA) es una experiencia de un aburrimiento sin paliativos” [xxxvi]

Hacia el otro lado del Atlántico el escenario es asimismo desesperanzador. Aunque no se puede negar el debido mérito a los representantes del enfoque funcionalista en el Viejo Continente por el apoyo ofrecido en la fundación de la Unión Europea, los desbalances políticos y económicos existentes intensifican las fuerzas centrífugas, se refuerza el euroescepticismo, apuntando todo a la desintegración. Quizás lo más aleccionador es que se demostró que allí donde la teoría es fuerte siempre se producen resultados relevantes, pero son tan graves los problemas teóricos y prácticos que se enfrentan que incluso ya se piensa en resolverlos mediante la creación de una Federación de los Estados más ricos, lo que sin duda llevaría al fracaso de uno de los experimentos políticos de mayor envergadura que se han realizado hasta la fecha.

La comunidad académica politológica cubana comprendió la compleja situación prevaleciente. Léase lo escrito por la destacada filósofa cubana Thalía M. Fung Riverón, principal promotora del Enfoque Sur y aglutinadora por excelencia de los esfuerzos renovadores:

“Ahora, cuando parece que lo sólido, existente y consolidado tiende a desvanecerse en el aire, cuando incluso el sujeto epistemológico pierde la objetividad hasta ahora reconocida para asumir una posición de género, cuando se hace evidente que se distancian cada vez más los centros y las periferias a escala mundial; pero también en la esfera interna; cuando la naturaleza se examina como la alteridad respetable por su demostrado carácter condicionante, el conjunto de las ciencias sociales y sus afines se ven obligadas a repensar sus enfoques, quizá alternativos, de lo cual no se encuentra exenta la Ciencia Política desarrollada hasta hoy, como se ha dicho de forma sistemática por el pensar occidental.” [xxxvii]

La caída del Socialismo real en Europa del Este, el fin de la Guerra Fría, el descalabro paulatino de los modelos occidentales predominantes realista, neorrealista (nueva versión del realismo en que lo vital es la posición que ocupa el Estado en el sistema de poder internacional), liberal, funcionalista, neoinstitucionalista (cuyo eje se centra en magnificar el papel de las instituciones)  y neoliberal económico (el que sacraliza el papel del mercado, que tanto daño ha hecho), junto con el arribo al poder en varios países latinoamericanos de gobiernos revolucionarios, de izquierda o centro izquierda, y la resistencia de la Revolución cubana, fueron las condiciones que maduraron el nacimiento del Enfoque. El apellido “Sur” no equivale a lugar geográfico alguno o específico por debajo del Rio Bravo, aunque lo incluye, significa Tercer Mundo; periferia donde quiera que se encuentre; alteridad no al marxismo, que es su base, sino a la Ciencia Política generada en los centros de poder; inclusión más que exclusión; proposición más que imposición; preguntas más que respuestas, al menos por el momento en que se encuentra en proceso de construcción.

Escrito de manera más concisa, el Enfoque Sur tiene ante sí la extraordinaria y primerísima tarea de releer, reestudiar y reinterpretar el marxismo con el mismo espíritu abierto con que fue concebido por los fundadores, de manera crítica y contextualizada, identificando claramente tanto sus virtudes como los errores cometidos en su aplicación, con el fin de renovarlo y ajustarlo a las nuevas condiciones imperantes. Por ser el enfoque teórico más novedoso en la disciplina, estratégicamente debe esforzarse por iluminar el mayor espacio posible de la realidad objetiva, pero sin caer en la prematura tentación de intentar abarcar, alcanzar y luego imponer una visión única sobre la totalidad de los fenómenos políticos, lo que no contradice la necesidad metodológica esencial de aprovechar y asimilar todas las ventajas reconocidas de los enfoques teóricos que le antecedieron.

En lo que considero es necesario avanzar a la mayor velocidad posible es en la definición y actualización de los conceptos más generales – tarea sumamente ardua –  y en la formulación de las principales interrogantes de partida. A las preguntas más generales que se plantea el marxismo hoy, tales como: “¿cuál es el efecto político actual de la división del trabajo?, ¿con qué capacidad cuentan los movimientos sociales contemporáneos para enfrentar los propuestas del Estado neoliberal?, ¿cuáles son las alternativas al modelo neoliberal?, ¿qué peligros representan los procesos de integración regional para las particularidades contextuales de orden regional, étnico y cultural?, ¿cuál es el efecto del multilateralismo en el destino de la vida de los pueblos?” [xxxviii] , habría que agregar otras, que entre muchas pudieran ser: ¿tiene el proletariado contemporáneo los mismos intereses que aquel para el que se desarrolló el marxismo clásico a finales del siglo XIX?, ¿qué impactos ha tenido en sus intereses de clase la obrerización del campesinado?, ¿cómo asimilar y aprovechar el enorme bagaje intelectual que la Teología aporta?, ¿cuáles son las vías para incorporar al enfoque toda la riqueza filosófica, religiosa, espiritual y cultural del pensamiento de los pueblos originarios?, ¿qué efectos tiene el desarrollo vertiginoso de la tecnología en el desarrollo posterior del pensamiento político?, ¿qué papel debe jugar el partido político en lo adelante?, ¿cómo incrementar y organizar la participación política para que la democracia sea efectiva?, ¿cómo contrarrestar por medio de la educación institucional y popular el impacto negativo del neoliberalismo en el desarrollo político de las nuevas generaciones? 

Los economistas, por su parte, esos que se dedican al delicado tema de la última instancia, tienen ante sí una tarea gigantesca en la que deberán dar respuestas a  múltiples preguntas de extraordinaria complejidad. Como pequeña muestra de ellas tenemos: “¿quiénes deciden los bienes que deberán producirse?, ¿cuáles son los criterios en que se basa la decisión sobre el uso de los recursos escasos?, ¿cómo se van a distribuir esos bienes?, ¿a qué grupos se atenderá?” [xxxix] , y una que considero fundamental, entre muchísimas otras: ¿hasta dónde la metáfora de la mano invisible de Adan Smith, es decir el libre mercado, se le permitirá participar en el desarrollo de nuestras economías?

Recordando lo que se dice expresó en cierta ocasión Napoléon III: “En política hay que sanar los males, jamás vengarlos”, el Enfoque Sur debe mirar hacia atrás con carácter constructivo y acopiar, sistematizar y proyectar hacia el futuro toda la experiencia epistemológica y teórica positiva existente, en puro ejercicio ecléctico. Como en finísima partida de ajedrez – y no hay nada más parecido a la política que el juego que protege la Diosa Caissa, la que hacía predicciones sobre el porvenir – cualquier enfoque teórico viene a ser la apertura, la teoría es el medio juego y el modelo corresponde al final de la partida, entonces los meridionalistas, por así llamarnos, debemos encargarnos de desarrollar las dos primeras fases del juego y asistir a las naciones, pueblos y gobiernos en la construcción de sus propios modelos de desarrollo político. 

Y no encuentro mejor manera de expresar el papel que debe jugar la Ciencia Política Enfoque Sur en nuestras sociedades – como una ciencia social más –  que citando al eminente profesor y psicólogo cubano Manuel Calviño, que no hace mucho expresó en una entrevista: 

“Para mí hoy solo escuchar a las ciencias sociales es insuficiente, porque ellas tienen que jugar un papel protagónico. No pueden ser meras entidades productoras de información y conocimiento, tienen que ser partícipes en los destinos políticos, económicos y sociales del país. No se trata de decirle a los decisores, sino de participar en las decisiones y ser actores sociales. No solo favorecer las políticas sociales, sino estar dentro de ellas. Yo creo que ese es el gran cambio. Ser más escuchados, pero formar parte." [xl]

Estas son, en resumen, mis experiencias en el tortuoso camino que me llevó hasta la Ciencia Política con Enfoque Sur, que pudo y pudiera ser similar al de muchos otros. Sin embargo, y mirando en retrospectiva, siempre lamentaré un par de cosas: primero; que no encontré ocasión para darle las gracias al venerable profesor universitario que un día bastante frío me señaló la dirección correcta y, segundo; no anotar el nombre de aquel pequeño diplomático boliviano, que con su sencillo chaleco de chompa de alpaca tanto me impresionó y cuyo país, en definitiva, lejos desintegrarse se fortaleció.


REFERENCIAS

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Notas:

[i] Siglas del Comité Estatal de Planificación Económica de la antigua URSS.
[ii] Alfredo Langa Herrero. “Aproximación al análisis de los conflictos armados en las relaciones internacionales y el pensamiento económico. Introducción a los debates, paradigmas y teorías de las relaciones internacionales”, en Documentos del IECAH No. 8 de 2010, pág 33. Puede consultarse en el sitio web http://www.iecah.org/web/images/stories/publicaciones/documentos/descargas/documento8.pdf. Fecha de acceso, 29 de octubre de 2013.
[iii] Mónica Salomón González. “La Teoría de las Relaciones Internacionales en los albores del siglo XXI: diálogo, disidencia y aproximaciones”, en Revista Cidob D'Afers Internacionals, 56, diciembre 2001 – enero 2002. Puede consultarse la versión electrónica en el sitio web http://scienpol.blogspot.com/2009/08/la-teoria-de-las-relaciones.html. Fecha de acceso 25 de octubre de 2013.
[iv] Rodrigo Losada L., Andrés Casas Casas. Enfoques para el análisis político. Historia, epistemología y perspectivas de la Ciencia Política, Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana, 2008, pág. 62.
[v] Véase  definición de la Real Academia de la Lengua Española en el sitio web http://lema.rae.es/drae/?val=pol%C3%ADtica. Fecha de acceso, 25 de octubre de 2013.
[vi] Véase en el sitio web http://www.atomicarchive.com/Movies/Movie8.shtml. Fecha de acceso 29 de octubre de 2013.
[vii] Federico Engels. Carta a W. Borgius, Breslau, Londres, 25 de enero de 1894. Véase en el sitio web http://www.lajiribilla.cu/2005/n221_07/221_21.html. Fecha de consulta 29 de octubre de 2013.
[viii] Según el Diccionario de la Real Academia Española versión electrónica, la palabra “realista” significa “que actúa con sentido práctico o trata de ajustarse a la realidad”. Procede de la palabra “realismo” que se entiende, entre otras acepciones, como: “forma de presentar las cosas tal como son, sin suavizarlas ni exagerarlas”. Véase en los sitios web http://lema.rae.es/drae/?val=realismo y http://lema.rae.es/drae/?val=realista. Fecha de acceso 29 de octubre de 2013.
[ix] Hans J. Morgenthau. Política entre las Naciones. La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Editorial GEL,  1986, pág. 12.
[x] Ibidem, pág. 13.
[xi] Ibidem, pág. 43.
[xii] Ibídem, pág. 21.
[xiii] Andrés Valdez Zepeda, Delia A. Huerta Franco. “Ciencias del Poder. Mercadotecnia y Ciencia Política”, en Acta Republicana Política y Sociedad, Año 6, Número 6, 2007, pág. 41.
[xiv]  Norberto Bobbio, Nicola Matteuci y Gianfranco Pasquino. Diccionario de Política, Decimo Cuarta Edición, México DF, Argentina Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005, pág. 218.
[xv]  Rodrigo Losada L., Andrés Casas Casas. Op. Cit. pág. 23.
[xvi] Gianfranco Pasquino. Manual de Ciencias Políticas, Madrid, Alianza Editorial, 1995, pág. 18.
[xvii] Emilio Duharte Díaz. “La Política: Relaciones interdisciplinares”, en Emilio Duharte Díaz (comp). Teoría y Procesos Políticos Contemporáneos, La Habana, Editorial Félix Varela, 2006, pp. 25 -26.
[xviii] Fernando Barrios del Monte. “La Ciencia Política en América Latina. Una breve introducción histórica”, en Convergencia Revista de Ciencias Sociales, , vol. 20, núm. 21, enero abril 2013, Universidad Autónoma del Estado de México, pág. 109.
[xix] Simón Bolívar. Discurso de Angostura. Tomado del  sitio web http://www.analitica.com/bitblio/bolivar/angostura.asp . Fecha de acceso 29 de octubre de 2013.
[xx]  Tomado de Armando Hart Dávalos. ¿Qué es el Socialismo? 8 de septiembre de 2007, en el sitio web http://www.granma.cubaweb.cu/secciones/cienciaytec/sociales/sociales02.htm . Fecha de acceso 2 de diciembre de 2013.
[xxi] Fernando Barrios. Op. cit, pág. 107.
[xxii] Ibídem, pág. 113.
[xxiii]  José Martí. Carta al Director de "La Opinión Nacional”, 3 de septiembre de 1881, Nueva York. Tomado del sitio web http://www.josemarti.info/libro/capitulo_2_1.html . Fecha de consulta 2 de diciembre de 2013
[xxiv] Carlos Alzugaray Treto. “La Ciencia Política en Cuba: del estancamiento a la renovación (1980 – 2005)”, en Revista de Ciencia Política, vol. 25, núm.1, Santiago de Chile, Universidad Católica de Chile, pág. 137.
[xxv]  Ibídem, pág 138.
[xxvi]  Fidel Castro Ruz. Informe al I Congreso del PCC, 17 de diciembre de 1975, La Habana. Puede consultarse la cita en el sitio web http://cubavsbush.blogspot.com/2011/05/el-revolucionario-tiene-el-deber-de-ser.html. Fecha de acceso 6 de diciembre de 2013.
[xxvii]  Carlos Alzugaray Treto. Op. Cit. pág. 141.
[xxviii]  Rodrigo Losada L., Andrés Casas Casas. Op. Cit. pág. 13.
[xxix]  Ibídem, pág. 13.
[xxx]  Ibídem, pág. 15.
[xxxi]  Ibídem, pág. 17.
[xxxii]  Ibídem, pág. 77.
[xxxiii]  Ibídem, pág. 78.
[xxxiv] Ibídem, pp. 82 – 83.
[xxxv] Ibídem, pág. 83.
[xxxvi] Giovani Sartori. “El rumbo de la Ciencia Política”, en Política y Gobierno, Vol. XI, núm 2, II semestre de 2004, CIDE, México pág. 354.
[xxxvii] Thalia M. Fung Riverón. “Una Ciencia Política desde el Sur”, en Thalía M. Fung Riverón (coord.) El Estado del Arte de la Ciencia Política, La Habana, Editorial Félix Varela, 2005, pág. 321-322.
[xxxix] Victor Manuel Muñoz Patraca. “La disciplina de la ciencia política”, en Revista Estudios Políticos, núm 17, Novena Época, mayo – agosto, 2009, Centro de Estudios Políticos, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, México, pág.98.
[xl]  Manuel Calviño, en Lisandra Fariñas Acosta, Inserción crítica y compromiso social, Periódico Granma, 5 de diciembre de 2013.



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